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La proclama partidista del chavismo impregnó actos por la Batalla de San Félix

Anillos de seguridad, vestimenta roja, roces entre fracciones del partido oficial, murmullos, políticos estrellas, tensión entre los mandatarios regional y municipal, calor, botas militares, entusiasmo estudiantil. Nuevamente el discurso político sustituye el espíritu conmemorativo del 11 de abril de 1817, cuando las tropas republicanas al mando del general Manuel Carlos Piar vencieron a los españoles en el cerro de San Félix.

Si el prócer Manuel Carlos Piar, lanza maestra de Chirica en 1817, hubiese presenciado los actos conmemorativos a los 194 años de su gesta independentista, seguro se habría impresionado de lo versátil que puede ser un acto cívico.

Bailes, comparsas, escaramuzas, resultados de gestión y hasta puestas en escena, fueron algunas de las tantas curiosidades de un evento que, sin duda, estuvo más allá de lo solemne.

La jornada comenzó sin retrasos. Ver izada la bandera nacional a las 6:30 de la mañana parecía el más claro indicio de un acto cívico puntual… nada más alejado de la realidad.

Ya a esa hora, efectivos castrenses se preparaban para el desfile. Chequeo de uniforme, revisión del armamento y recomendaciones finales ocupaban a los uniformados de todos los componentes.

El evento se planificó a todo dar. Anillos de seguridad, toldos para los asistentes y hasta un circuito cerrado de televisión con pantalla gigante formaban parte de aquella pomposidad oficial. Todo estilizado con el omnipresente rojo que acompaña los actos del Gobierno, del Estado o del Partido.

La hilera de toldos blancos ocupaba buena parte del espacio destinado para la actividad. A lo lejos podían verse los carteles que decían “público en general”, pero desde más cerca se leían pequeñas etiquetas con inscripciones como “empresarios”, “invitados especiales”, “Gobernación”, “Alcaldía”, “directivos de Alsobocaroní”.

Cuando se aprecian mejor los toldos, se puede ver que los primeros tienen mayor decoración y monitores de pantalla LCD. Los últimos apenas mostraban una estructura básica y algunas sillas. La clasificación social no deja de existir en los tiempos de revolución.

Poco a poco van llegando los estudiantes. Se les ve caminando en pequeños grupos, como una especie de guetos juveniles que trascienden a una insignia colegial. Caminan en silencio, observando todo el despliegue a su alrededor.

Una música religiosa ameniza el momento, preparando a todos para la misa solemne pautada para las 7:00 de la mañana. Faltan cinco minutos para la hora, pero el canto inicial parece estar más lejos de lo previsto.

Al poco tiempo, un toldo vacío comienza a parecerse a un altar. Al frente le acompañan unos… bueno… sí… feligreses, cuyos gritos de alabanza se dirigen más a un líder terrenal que a uno que vive y reina por los siglos de los siglos.

En ese espacio, una señora de tez mestiza y vestida de rojo reparte pitos a los presentes. Estos lo reciben sin resistir la tentación de probarlos, agregando ruido a la escena.

Al lado de aquella capilla improvisada, un coro calienta sus cuerdas vocales para dar inicio al acto eclesiástico. La misa ya lleva 15 minutos de retraso y todavía falta media hora para que comience.

Encuentro rojo

El tiempo sigue su marcha indetenible. Ya todo está listo para empezar la misa, cuando una voz escarranchada irrumpe desde la parte trasera de un toldo:

– “Aquí hay sillas, aquí hay sillas, aquí hay sillas” -gritaba una mujer, mientras se apoderaba de uno de los asientos.

Aquel anuncio fue suficiente para que la poca paz que se respiraba a esa hora de la mañana, le diera paso al mayor bullicio que jamás se haya escuchado antes de dar gracias a Dios.

Otro grupo de adeptos camisas rojas irrumpen en el ya saturado toldo al frente del altar. Faltaron sillas para sentar a aquel grupo que no medió palabra para hacerse espacio entre los sentados.

Todos vestían de rojo, sólo que los primeros apoyaban al alcalde del municipio Caroní, José Ramón López, y los recién llegados, al gobernador del estado Bolívar, Francisco Rangel Gómez.

“Con Chávez y Rangel. Patria, socialismo o muerte. seguiremos venciendo”, decía una pancarta que impedía la visibilidad de quienes ya estaban en el cobertizo.

– “Por favor, vamos a bajar la pancarta que tenemos por allá. Si quieren la pueden traer y la ponemos como ofrenda dentro de la misa, pero vamos a quitarla para que los demás vean” -proponía un orador canoso y conciliador.

Los simpatizantes accedieron, aunque a regañadientes. Bajaron la pancarta, pero nadie dejaba de hablar en aquella cubierta húmeda y acalorada.

Su energía para irrumpir en lo establecido sólo podía acompañarse de esa conducta estampada en el ADN latinoamericano. Ese clásico de la venezolanidad. Esa cédula heredada de la sangre más alborotada: las palmadas.

Parece una regla no escrita que todo lo que se cante se tiene que acompañar con palmadas.

Aquel caso no fue la excepción. Todos aplaudían hasta los más lentos y flagelantes cantos eclesiásticos.

– Sargento, ya mandé a buscar al capitán -decía uno de los militares a través de su radio.

Mientras tanto, el obispo de Ciudad Guayana, Mariano Parra Sandoval, hacía acto de presencia.

La misa

El bullicio seguía durante la misa. Nadie paraba de hablar. Tal era el desorden que fueron los militares los que tuvieron que poner orden en el acto.

El salmo responsorial fue una verdadera bendición, no sólo por su mensaje, sino por haber calmado semejante jolgorio. La dulce voz cantora de versículos aplacó al más enardecido simpatizante. La paz reinó por un momento… hasta que el final del salmo le devolvió el paso al “bochinche”.

Si la misa generó poca atención desde el principio, al final era casi un ruido molesto. La culminación del acto eclesiástico se vio eclipsado por la llegada de uno de los protagonistas de este acto conmemorativo: el alcalde del municipio Caroní, José Ramón López.

Políticos estrellas

El alcalde llegó al mejor estilo de una celebridad. Carros escoltas, efectivos de seguridad, periodistas, cámaras y una cantidad de simpatizantes que cualquier cantante desearía tener en sus primeros años.

Los tambores resonaron con fuerza. Los gritos de las barras se hicieron ensordecedores, mientras López recibía abrazos y posaba para las cámaras. También lo acompañaban los diputados de la Asamblea Nacional por el municipio Caroní: Liris Sol Velásquez, Richard Rosa y Nancy Ascencio.

La llegada del gobernador del estado no podía ser distinta. Siguiendo el protocolo de saludar, abrazar y posar, Francisco Rangel Gómez se prepara para el próximo punto de la agenda: la ofrenda floral.

Hay dos frentes marcados: uno del alcalde y otro del gobernador. De eso no queda duda. Cada uno tiene su séquito. Declaran separados, saludan separados. No cruzan palabra alguna. Parece que sus diferencias ahora son más evidentes.

Cada uno hace su ofrenda floral. Los militares siguen su protocolo de rigor, mientras la banda municipal se prepara para ejecutar el Himno Nacional y el del estado Bolívar.

Del otro lado de la avenida Manuel Piar, en los toldos de pueblo, la gente calienta sus gargantas y tambores. Los cantos de adulación a las dos autoridades civiles suenan en una especie de confrontación.

Es una guerra de barras. La escena parece más una competencia de popularidad que un acto solemne.

Pero el fervor de las pasiones tiene su precio. La situación estaba latente. Hasta que, finalmente, las barras se enfrentaron.

Hubo gritos, empujones, insultos… todos en notable aumento. Los tambores resonaron con más fuerza, inyectando más adrenalina a la confrontación. Los ánimos se caldearon y los golpes ya no se hacían esperar.

Por fortuna no pasó a mayores. La Policía municipal controló a tiempo la situación, y luego de separar los grupos, la paz volvió entre los rojos. La paz que nunca hubo durante la misa.

El que faltaba

10:40 de la mañana. Llega el orador de orden: Diosdado Cabello, diputado de la Asamblea Nacional por el estado Monagas. Su llegada parece haber sido decisiva para que López y Rangel se acercaran. Se toman de la mano para posar, saludan juntos, se abrazan… la influencia de Diosdado se siente en el ambiente.

Luego de numerosos retrasos, comienza la sesión solemne.

El discurso del alcalde tuvo varias facetas. Comenzó recordando la fecha patria del 11 de abril, aprovechó la fecha para hablar de los hechos de 2002 y ensalzar al presidente Chávez. Nada fuera del libreto.

Lo extraño en su discurso fue el ataque directo contra el diputado Andrés Velásquez y su partido, La Causa R, a quienes acusó de “divisionistas” por su propuesta de darle autonomía municipal a San Félix.

“Hoy le decimos no a la división de los causaerristas. No van a dividir a un pueblo que nació y creció como uno solo. No volverán al poder”, profería un López enérgico y de discurso altisonante.

Pero la rareza final vendría al final de su discurso. Luego de los tantos rumores sobre su candidatura a la Gobernación del estado, el alcalde revela: “apoyaremos al general Francisco Rangel Gómez para la Gobernación (del estado Bolívar) en 2012”.

Discurso ajeno

Las palabras de Diosdado no fueron distintas. Sólo que las licencias poéticas utilizadas al principio denotaron un orador no familiarizado con su discurso.

– ¿Quién le habrá escrito eso? -se preguntaron algunos de los presentes.

Luego de la tanda de aplausos y abrazos respectivos por su alocución, el diputado recibió placas de reconocimiento, abrazos y por supuesto, más lentes de cámaras.

Ya pasada la 1:30 de la tarde, en medio de un sol canicular y con la gente desgastada, los protagonistas dan paso al desfile oficial. Un desfile en el que, además de militares y estudiantes, hubo comparsas de Carnaval y hasta un simulacro de rescate de rehenes.

Ahí, en medio de tensiones políticas, en medio de intereses particulares, en medio de un acto “solemne”, en medio de un pueblo que cree en un proyecto de país. Ahí, en ese espacio, está la estatua de Manuel Carlos Piar, soportando duramente la crisis de un modelo que utiliza su nombre para emprender luchas ajenas.

Correo del Caroni

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